Conclusiones

Recogemos a continuación algunas de las conclusiones provisionales del Simposio:

La educación del carácter se consolida en nuestro país como una temática de investigación al alza, alineándose con otras tendencias a nivel internacional dentro de la discusión sobre filosofía de la educación, lo que esperamos que contribuya al mismo tiempo a incrementar la producción investigadora en revistas nacionales e internacionales de los próximos años.

No obstante, no se trata de un tema unívoco, sino que más bien está abierto a la discusión y a la confrontación de ideas y perspectivas, sobre un lenguaje común y un fin compartido del pleno desarrollo de la personalidad humana.

La identidad y el buen carácter son dos conceptos interrelacionados, en cuanto que en términos aristotélicos somos aquello que vivimos y hacemos de manera habitual, lo que nos proporciona una imagen de nosotros mismos que podemos aceptar, identificándonos con ella, o rechazar, motivando a la acción para el cambio. De esta forma, el carácter se convierte también en el resultado de una tarea no solo conductual o afectiva, sino también racional y reflexiva.

Son varios los retos de la educación del carácter hoy. Entre ellos, se encuentran algunos tales como la posibilidad de convertir la discusión académica en prácticas educativas de distintos niveles; superar el umbral del rechazo a ciertas terminologías como el propio concepto de virtud, hábito, e incluso lo bueno y lo malo, más allá de lo correcto y lo incorrecto.

Uno de los retos más notables se encuentra en el reconocimiento dentro del ámbito familiar de sus responsabilidades prioritarias en la educación del carácter para la formación integral de los hijos, buscando un necesario equilibrio entre las distintas dimensiones de la persona: intelectual, moral, cívica e instrumental.

Por último, la educación del carácter debe encontrar su encaje en una sociedad multicultural como la nuestra, proporcionándole un marco prudencial abierto a nuevas perspectivas superando el relativismo y alcanzando cotas de desarrollo en común que favorezcan vidas con sentido en sociedades democráticas del siglo XXI.

Madrid, 3-4 de septiembre de 2021

Presentación

En uno de los más importantes capítulos de Don Quijote de la Mancha (cap. VI de la II parte) hay unas palabras que nos pueden servir de introducción a este Seminario Internacional de Filosofía de la Educación:

«Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes».

Este texto nos plantea dos consideraciones. La primera es una reflexión sobre el complejo problema de la identidad. Realmente ¿quién era Don Quijote? ¿Era el Caballero de la Triste Figura, el Caballero de los Leones o Alonso Quijano? La lectura de El Quijote y el testamento final de Alonso Quijano, el Bueno, nos puede llevar a la conclusión de que la identidad es algo recibido y que la vida ha de consistir en actualizar y ser leal a lo que somos potencialmente cuando nacemos. Pero, evidentemente, eso nos llevaría a olvidar que, en un momento determinado, Alonso Quijano decide dejar a un lado esos vínculos e iniciar una serie de aventuras, por las que será mundialmente conocido, aunque al final de su vida decide retomar esos vínculos primigenios.

Cuando Ortega señalaba que la vida se nos ha dado, pero no se nos ha dado hecha, expresaba una verdad compleja. En efecto, hay muchas cosas que se nos han dado; nadie puede elegir a sus padres, tampoco los padres pueden elegir quiénes y cómo van a ser sus hijos. Pero, al mismo tiempo, nos sentimos responsables de nuestra propia vida, que podemos encauzar de modos diversos, e incluso cambiar importantes recorridos vitales como Alonso Quijano, que fue primero Alonso, Quijote después y murió como Alonso de nuevo. Reagan tenía más de 50 años cuando decide abandonar el mundo del espectáculo y la televisión para dedicarse a la política e inicia una actividad pública que le lleva a ser Gobernador de California y, con 69 años, presidente de los Estados Unidos. Hablar de identidad, por lo tanto, es muy amplio pues significa una reflexión sobre lo que puede ser cambiado de lo que hemos recibido y sobre los criterios para un uso razonable de nuestra libertad.

La segunda consideración se refiere a que, en sus diversas figuras, don Quijote siempre fue de apacible condición y de agradable trato. Esto nos conduce a reflexionar sobre lo que llamamos buen carácter. En efecto, la serenidad y la amabilidad son modos de ser de las personas que saltan a la vista y muestran lo que en general afirmamos como persona con un buen carácter. El buen carácter así entendido muestra a una persona madura que vive su vida con sentido de plenitud y capacidad estable para emprender acciones virtuosas, entre las que sobresale el buen hacer para con los demás.

Este es el planteamiento general de nuestro Simposio, que admite perspectivas muy variadas sobre los asuntos expuestos.